domingo, 13 de octubre de 2013

La constructora de castillos

Era muy pequeña cuando construyó su primer castillo, moldeando la arena húmeda de la playa, resguardada del sol bajo el protector mimbre de un sombrero con un lazo azul. Con la mano gordezuela se retiraba los rizos oscuros que continuamente le caían sobre los ojos y se llenaba la cara de granitos ásperos que le hacían cosquillas. Fue un castillo precario, de torres desproporcionadas y muros fáciles de derribar con las primeras olas de la alta mar, pero aun después de deshacerse bajo la espuma, mucho tiempo después, perduró en su recuerdo.

Comenzó entonces el juego: con distintos materiales, en diferentes lugares, en varias formas, alturas y estructuras. Castillos de nubes cinceladas con dedos ansiosos, a veces demasiado; castillos de agua levantada a pulso, modelada gota a gota con esmerada atención; castillos de pétalos de flores cosidos con hilos de sueño y sangre… Imposibles, algunos. Erráticos, la mayoría.

Dibujaba compulsivamente boceto tras boceto, los proyectos se amontonaban en su refugio; impaciente, insegura, desesperada a veces, los dejaba y retomaba, no quería ahogarse en ellos pero sin ellos se ahogaba. Las torres crecían en su cabeza y ardían tras sus ojos las almenaras.

Con sus propios latidos talló la piedra para erigirlos, con los besos que le daban fue cuajando la argamasa que la uniera, con lágrimas sopló el vidrio de los ventanales y siguió levantando castillos. Fuertemente aferrada al andamiaje. Domando su terror a caer al vacío. Intentando confiar en la habilidad de sus manos para seguir construyendo. Intentando confiar en la capacidad de sus manos para agarrarse se caía.

El corazón palpitante, el recuerdo del último abrazo calentándole, se apretó el arnés y subió a la siguiente plataforma. Esta torre sería un poco más alta.

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