miércoles, 20 de noviembre de 2013

Un paraguas a medida (escena)

Ding, suena la campanilla al abrirse la puerta.

La clienta se sacude la lluvia igual que un perrito mojado y las gotas rodean su cabeza como un halo cuando agita el cabello alborotado. Al acercarse al mostrador lacado en blanco, el aguacero se desborda por sus ojos. 

–Quiero un paraguas contra el desamor. 

–Contra el desamor –repite el paragüero, pensativo–. ¿Para que la amen? 

–No, para que no dejen de amarme. Necesito que el paraguas me proteja de la amargura que se derrama cada día, que evite que la hartura me cale y deje la desidia resbalar lejos de mí. Necesito resguardarme debajo cuando las tormentas comiencen a tronar.

–Ah, tengo algo que quizá le pueda interesar. 

El vendedor de paraguas desaparece tras la puerta de la trastienda para regresar al cabo de escasos minutos, durante los cuales la clienta permanece inmóvil junto al mostrador, un maniquí de pestañas goteantes y mirada perdida. En un vaso, languidece una flor que parece más viva que ella.

–Es un paraguas contra el desencanto –dice el paragüero. 

Y abre un paraguas con forma de cúpula, de un vivo azul turquesa salpicado de chispas amarillas que brillan como una miríada de pequeños soles.

–Oh.

La clienta lo contempla fijamente. Parece pensarlo durante un instante, hay un atisbo de inseguridad en el temblor de sus párpados, pero al final se decide. Lo coge, aún abierto; lo sostiene, calibrando su peso; lo levanta sobre su cabeza para probar la cobertura; lo cierra y lo balancea. El impermeable verde oscuro que lleva puesto cruje con cada movimiento. Se lo cuelga del antebrazo, por fin, mientras paga al vendedor con una sonrisa despuntándole en la comisura de los labios.

Cuando se marcha, la clienta va canturreando y las luces difusas de la tienda despiertan reflejos en el verde de su impermeable, como la lluvia de madrugada reflejándose en la hierba que amanece.


La puerta se cierra con un suave clic.

No hay comentarios: